Las historias detrás de los animales

Cada animal que vive aquí llegó por una historia concreta: un rescate junto a las autoridades ambientales, un decomiso, o una casa donde ya no podían cuidarlo. Estas son cinco de ellas, con sus fechas y su final, tal como quedaron en nuestros registros.

Una mona araña adulta con su cría agarrada al pecho, entre las ramas
Una hembra de la tropa con su cría, en las ramas de alrededor del parque.

A quién llama la autoridad

Cuando la autoridad ambiental se topa con fauna silvestre en una situación que rebasa sus medios —un animal herido, atropellado, electrocutado, o aparecido donde nadie lo esperaba—, recurre a los zoológicos: es donde hay personal capacitado para manejar esa fauna y el equipo para hacerlo.

Esa es la parte del trabajo que no se ve en el recorrido. Hemos trabajado codo a codo con inspectores de la Profepa, con bomberos y con protección civil. La Profepa reconoció esa colaboración en 2012.

Cinco historias

Nació aquí, en libertad

Pablito volvió con su madre

Mono araña · 2012

Pablito nació el 8 de junio de 2012, séptima cría de Pancha, la matriarca de la tropa de monos araña silvestres que vive alrededor del parque. El 23 de julio, sin cumplir los dos meses, apareció en el suelo, solo y con varias mordidas, tras una pelea entre monos. Lo encontraron por sus chillidos.

Pasó por la clínica veterinaria del parque: anestesia, atención de las heridas, y de vuelta con su tropa el mismo día. Lo dejamos a la vista, en un sitio seguro del suelo. Bajó una de sus hermanas mayores, Panchita, lo olió, le acercó el lomo y esperó. Pablito lo intentó tres veces y no tuvo fuerza para subirse, y Panchita acabó retirándose a la copa de los árboles.

Al final fue la MVZ Alejandra Verastegui quien consiguió ponerlo sobre su espalda, y Panchita se lo llevó con el resto de la tropa. Pasamos la noche sin saber. A la mañana siguiente Pancha volvía a llevar a Pablito en el lomo, como si no hubiera pasado nada.

Una cría de mono araña sola en el suelo, entre hojas secas
23 de julio de 2012: Pablito en el suelo, sin cumplir los dos meses.
Una mona araña en un árbol con una cría agarrada al pecho
Al día siguiente, de vuelta en el lomo de su madre.

Devuelto a su tropa, en libertad

Rescate con las autoridades

El cocodrilo del anzuelo

Cocodrilo de pantano (Crocodylus moreletii), macho de 2.10 m

Llegó con personal de la Conanp, que acababa de encontrarlo en los márgenes de un humedal. Lo vieron ellos antes que sus captores: alguien lo había trampeado con un anzuelo triple de fabricación casera y un pulmón de res como cebo, copiando la técnica de un programa de televisión.

Llegó con los anzuelos atorados en la garganta. Hubo que inmovilizarlo, abrirle el hocico, asegurar que no pudiera volver a cerrarlo, y trabajar una hora en su esófago y su pliegue gular.

Primer plano de las fauces de un cocodrilo con un anzuelo triple y el cebo
El anzuelo triple de fabricación casera, con el cebo todavía atado.

En menos de 15 días, de vuelta en su humedal

Decomiso de las autoridades ambientales

Seis meses en una jaula

Mona araña, hembra

Sus dueños la tuvieron de mascota hasta que dejó de ser una mona pequeña y juguetona y empezó a morder. Entonces la guardaron en una jaula pequeña, y ahí pasó seis meses, hasta que las autoridades ambientales la decomisaron y la trajeron aquí.

El diagnóstico fue anorexia severa y atrofia muscular. Dos días de suero, y después un área de cuarentena en observación permanente. A las dos semanas empezó a pararse; al mes se sujetaba de los árboles con las dos piernas y la cola; a los dos meses le dimos el alta.

Lo que siguió fue más lento: la rehabilitación psicológica. A los cuatro meses convivía con dos monas araña juveniles. A los seis se integró con el grupo de hembras adultas del parque.

Una mona araña sedada sobre periódico, con el suero sujeto al antebrazo con cinta
La mona del decomiso, en los primeros días, cuando recibía suero.

Se quedó a vivir aquí, en grupo

Decomiso con la Profepa

La pitón del herpetario

Pitón · 2010

En 2010 la Profepa nos pidió apoyo para un decomiso en Playa del Carmen. La descripción que nos dieron fue esta: «parece que hay muchas serpientes y parece que son muy grandes y venenosas». Los vecinos sabían lo que vivía en aquella casa, y por eso nadie se había atrevido a entrar.

Cortamos el candado de la entrada y entramos escoltados por bomberos y policías. En dos cuartos a medio construir había dos pitones reticuladas de más de cuatro metros; hicieron falta ocho bomberos para cargarlas. Una tercera, albina, estaba enrollada sobre unos huevos podridos dentro de una jaula de herrería cerrada con un candado oxidado que llevaba por lo menos un año sin abrirse.

El resto de la casa era igual: serpientes dentro de cuatro hornos de microondas descompuestos que hacían de terrario, dos en los cajones del buró del cuarto, quince más en acuaterrarios sucios. La única venenosa era una víbora de cascabel, junto a la entrada de un pequeño cenote en el patio.

Seis personas cargando entre todas una pitón de más de cuatro metros
Playa del Carmen, 2010: hicieron falta varias personas para cargar una sola pitón. A la derecha, el MVZ Javier Carballar y la MVZ Alejandra Verastegui.

Una de las pitones del herpetario llegó de aquella casa

La trajo la autoridad ambiental

El águila pescadora que volvió a volar

Águila pescadora, adulta

La encontraron en un hotel, sin poder volar, y la autoridad ambiental la trajo al parque. En la revisión clínica le encontramos una ligera baja de peso y deshidratación, así que empezamos el trabajo de devolverla a sus condiciones naturales.

Un par de semanas después había recuperado la fuerza para volar.

Un hombre soltando un águila pescadora con las alas abiertas
La suelta, con la jaula de transporte ya vacía.

Liberada en la zona donde la encontraron

La tropa que no es nuestra

La historia de Pablito es parte de la investigación más larga que tiene el parque: el seguimiento reproductivo de la tropa de monos araña silvestres que vive aquí. No son una exhibición y nada los encierra. El crecimiento urbano les fue quitando la selva, y encontraron refugio donde quedaba vegetación natural.

Pancha, la jefa de la tropa, llegó en 1999. Desde entonces tenemos registradas nueve crías suyas, cada una con su fecha, y una adopción: el 18 de noviembre de 2013 adoptó a Xóchitl, una cría nacida en cautiverio. Cuando nació su propia octava cría, las demás hembras del parque se hicieron cargo de Xóchitl.

No todas salieron adelante. Cirila, la primera, desapareció en 2003. Pemily también desapareció. Paco murió a los seis meses, a manos de otras monas. Eso también está en el registro, y es parte de lo que significa seguir a una tropa silvestre durante más de dos décadas.

Un mono araña adulto en primer plano, con la selva desenfocada detrás
Panchita, la hermana mayor que bajó a por Pablito.

Por qué no todos vuelven

Liberar es lo que más satisface y lo que menos se puede prometer. Detrás de cada liberación hay que pesar el comportamiento del ejemplar, su procedencia, el tiempo que pasó en manos humanas, su salud, la especie, la edad, el sexo, la época del año, el sitio de liberación y los estudios previos de la zona.

Por eso vuelven sobre todo los que pasaron poco tiempo con personas y de los que hay certeza de que vivían en libertad. Un tamandúa (Tamandua mexicana) estuvo aquí una semana por mordidas de perro y se liberó cerca de donde lo capturaron. Un puercoespín (Coendu mexicanus) apareció nadando en el estanque de los cocodrilos adultos; salió con heridas superficiales, se le suturaron ese mismo día y volvió a los alrededores del parque un par de semanas después. Lo más difícil fue retirar las púas del hocico de los cinco cocodrilos que se lo quisieron comer.

El que pasó años en una jaula ya no tiene ese camino de vuelta. Ese se queda aquí, y el trabajo pasa a ser que viva bien.

Un hombre con un tamandúa trepado al hombro, entre la vegetación
El MVZ Javier Carballar con el tamandúa, que pasó una semana aquí por mordidas de perro.

Los cocodrilos de Nichupté

Desde 2013 colaboramos en el programa de manejo y conservación de cocodrilos de la laguna Nichupté, el sistema lagunar de más de 4,500 hectáreas alrededor del cual creció Cancún. Atendemos a los ejemplares que se retiran del sistema, sea porque entraron en conflicto con personas o porque llegaron heridos.

De ahí salió un hallazgo que no esperábamos. En julio de 2013 recibimos un cocodrilo macho de 2.4 metros retirado de la laguna. Dos días después, en cuarentena, apareció rodeado de plásticos: al recogerlos y separarlos contamos 85 bolsas. Lo documentamos, y no conocemos ningún registro anterior de bolsas de plástico en un cocodrilo silvestre.

Decenas de bolsas de plástico extendidas en el suelo para contarlas
Los plásticos recogidos, extendidos uno a uno para contarlos: 85 bolsas.

Las historias de esta página están escritas a partir de los relatos del MVZ Javier Carballar.

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